¿Quién teme al lobo?

Yo temo al lobo,

al que con cara de amigo se acerca con puñal en el cinto,
al que desde arriba se me abalanza y de la boca me arranca la comida,
Temo al lobo feroz de la sin razón que hace del fanatismo una virtud
Temo al lobo que me arrincona, me quita la libertad y me humilla

Yo temo al lobo,

Al que temiendo temer avanza con paso despiadado
Al de la solemnidad de las serpientes blancas de Blake
Temo no temerme si desfalleciendo no alzara la voz para acallar los gritos que me quieren domar
Temo al lobo de las palabras usadas como arma cargada con proyectiles de ignorancia

No temo al lobo, temo a la manada
Y de esa manada temo al gran lobo que soy.

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Si no resultara tan estúpidamente útil
Sería persona de nuevo
Una que Abriendo el pecho gritara hacia dentro
Porque hacia fuera los oídos están ya muertos
los ojos partidos en dos por una dama blanca
y con las manos temblorosas ya no soporte
caminar sobre brasas y fuego

A ti que te llamo rosa
y a mí que me llamo incienso
solo nos falta para ser decentes
una guitarra en manos de un asesino confeso
una melodía inherente a la inopia
y una víctima estúpida en la horca

Puedes llamarme loco, te lo agradezco
Un piropo me parece si sale de tu buche
cada cuál que me llame como quiera
Que yo atenderé cuando guste

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En estos momentos previos a caer en manos de morfeo quiero contar una historia. Tal vez sea una historia poco importante, quizá carente de interés para la mayoría, pero para mí, haber conocido a Charlie supuso un gran honor y me gustaría dejar aquí plasmados los dos recuerdos vividos personalmente que tengo de él y alguna que otra anécdota suya.

Como muchos ya sabéis soy de Extremadura, de la parte más sureña y andaluza o lo que es lo mismo, Badajoz. Cuando era adolescente había un vagabundo por la ciudad al que todos llamábamos Charlie porque así nos llamaba él a todos nosotros.

Charlie debía tener entre 50 y 55 años como mucho. Había sido legionario y no sabemos cuál fue la razón de que terminara en la calle, agarrado siempre a un cartón de Don Simón, pero hay diversas teorías: un divorcio traumático, el alcohol, quedarse mal de la cabeza estando en la legión, etc… Lo que sí supimos siempre es que recibía una pensión del estado que gastaba básicamente en vino.

La primera vez que vi a Charlie yo tenía aproximadamente 15 años y un look rockabilly que no tenía nada que envidiar a los iconos de esta tribu urbana. Me había saltado las clases en mi instituto, el Reino Aftasí, que estaba en las afueras y que parecía más un reformatorio que un lugar de enseñanza por los doberman que soltaban en el patio mientras no hubiera descansos y las rejas que estaban puestas para que la gente no saltara de dentro del recinto hacia fuera y no al revés. Fui al instituto Zurbarán, donde estudiaban algunos de mis amigos y en la puerta había sentado un indigente que tenía una bolsa de pan duro y una naranja y que estaba hablando con los chicos y chicas que estudiaban allí. En un alarde de estupidez de esos que todos tenemos a esas edades decidí sentarme a su lado para cachondearme de él. Nada más hacerlo sacó la naranja de la bolsa y comenzó a pelarla y, antes de que yo siquiera hubiera podido decirle ninguna idiotez para hacerme el gracioso ante las chicas y los amigos, él simplemente me dijo: ¿quieres comer?. La cara me cambió radicalmente y se me quitaron automáticamente las ganas de reírme. Había recibido una lección de humildad de tal calibre que jamás volví a hacer nada parecido en toda mi vida. Era lo único que tenía para comer, y aun así, me ofreció a mí, a un niñato con acné al que no conocía de nada. Charlie se había ganado mi más profundo respeto.

Muchas fueron las ocasiones en que a lo largo de mi vida lo vi y siempre le saludé y, si pude con mis escasos recursos económicos, le di dinero y tabaco.

Charlie acostumbraba a sentarse en la muralla (un antiguo trozo de la que rodeaba la ciudad) junto a punks, heavys, rockers, raperos y demás gentuza impresentable de los alrededores, y no es de extrañar que se hiciera amigo de todos y cada uno de ellos. Me gusta pensar que de alguna forma nos convertimos en su familia.

En una ocasión Charlie apareció apaleado, tuvo que ser ingresado en el hospital de la brutal paliza que le habían dado y rápidamente se iniciaron las investigaciones por parte de “su familia” para averiguar quiénes habían sido. Badajoz no es una ciudad grande ahora, menos en aquella época, y al final se supo la identidad de los agresores. Unos pijos de mierda, hijos de papá que seguramente iban borrachos hasta las cejas y que Charlie tuvo la mala suerte, simplemente, de dormir en el mismo camino que ellos llevaban. Yo no presencié lo que ocurrió, pero según parece, “su familia” los buscó, los encontró y realizó su vendetta como solo en las calles puede hacerse. Los pijillos acabaron en el hospital apaleados por una veintena de personas y Charlie jamás volvió a recibir un golpe de nadie.

Tres o cuatro años más tarde habiendo suspendido yo una larga lista de asignaturas, como todo buen rebelde debe hacer, comencé unas clases particulares en verano (como todo hijo de padres responsables se ve obligado a hacer) junto a la muralla, en la academia Santo Domingo. Muchas veces coincidí con Charlie a primera hora de la mañana pero hubo un día especial:

La avenida de Colón, que para los que no la conozcan es donde viene a desembocar un extremo de la muralla, es una avenida bastante larga con un paseo en medio de la calle. Vi a Chalie sentado en un banco pero me llamó la atención un detalle: a sus pies había 4 ó 5 latas de distintos refrescos colocadas en línea. Me fui acercando a él para preguntarle por las latas y conforme iba llegando vi que la hilera era mucho más larga, tanto que allí debía haber al menos 60 u 80 tipos de bebidas distintas, coca cola, fanta, sprite, cerveza… Le pregunté la razón por la que había puesto esas latas, y él simplemente me contestó: “Como hace tanto calor las he comprado para que la gente que pase, si tiene sed, coja la que quiera”. Debo decir que esto era en el mes de julio o agosto y que el verano en Badajoz es extremadamente caluroso, tanto como el de Sevilla, rondando siempre los 40-42 grados. Y Charlie, ese vagabundo mal aseado y borracho, había gastado gran parte de su pensión en hacer a los demás sentirse mejor paliando el calor asfixiante de la ciudad a costa de sus propias necesidades, y creedme, era plenamente consciente de que ese dinero le haría falta.

Charlie murió, nunca supe la razón exacta, y es difícil saber qué le ocurrió en realidad. Imagino que una cirrosis o alguna otra enfermedad derivada del consumo de alcohol fue lo que acabó con su vida y a todos nos entristeció mucho no poder volver a tener sus historias, sus palabras de ánimo, su buen humor constante y sus momentos de lucidez, siempre tristes, en los que recordaba una vida ya pasada que debió esconderse tras la bebida. Pero me consuela y reconforta pensar que, de alguna manera, algo de él quedó en nosotros.

Yo le recuerdo con cariño, con esa gran sonrisa escondida tras la espesa barba que dejaba adivinar una cara curtida por el tiempo y esas palabras siempre amables y sabias para todos los que quisimos escucharle. Fue un hombre de una calidad humana como no he visto otra jamás y este es mi pequeño homenaje a su memoria.

Te regalo un corazón
reventado y podrido
algo sucio y desvencijado
resquebrajado por los años

Úsalo si lo deseas
o tíralo si no te sirve
ya le cuesta mantenerse en pie
y a mí solo me renquea

¿Dónde vas que de mí huyes?
¿Por qué corres si no te persigo?
¡Voy a otro sitio, lejos de tu yugo
a por un compañero que me empuje!

Este corazón que fue joven y fuerte
este corazón que un día tuve
se ha largado sin darme tiempo
a decirle que de mí, nunca dude.

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Tira, tira y tira hasta que consigas desequilibrarme
tírame a ese pozo hondo, oscuro y en soledad
echa tierra encima de mis hombros
y lanza serpientes a mi prisión

Tus demonios a tu lado,
que brasas sobre mí esparcen
palmean tu espalda por verme vencido
y convertirse en mis compañeros de viaje

Ríe desde arriba mientras me miras
disfruta de tu victoria, te lo mereces
pero no olvides vida puta
que mis manos ya escalan hacia la salida

Y aunque sin uñas y en carne viva
mis dedos gritan a mis palmas sucias, ensangrentadas y doloridas
ten cuidado vida puta
porque al final yo te veré a ti desde arriba

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Amor ansioso, amor incierto,
un coma etílico, qué dulce inconsciencia,
alcohol y pastillas para un fin perverso,
y así terminar con el sueño.

Agujas, agujas, finas agujas,
que lentamente me atraviesan el cuerpo,
por más que quise no pude arrancarle
ni la última mirada, ni el último beso.

Cloroformo en vena,
ni un sonido en la casa,
tan solo el rencor, inquieto,
esperando saltar a degüello

Buenas noches, buenos reproches,
malos augurios para alguien
al que la pasión se le fugó
con otro aún más joven

Arránquenme los sentimientos,
ya de nada sirven, son en balde,
y úsenlos como gusten,
que al parecer, se me quedan grandes

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Tengo hambre. No he podido comer en todo el día. Seguiré tumbado aquí.

Mi vida es un cúmulo de cosas que no entiendo; “no” es la palabra que rige mi rutina diaria: No tengo casa, no tengo fuerzas, no me ayuda nadie, no tengo qué comer, no recuerdo ni un solo día en que no haya tenido hambre, no saldré de África jamás, no pesaré más de 15kg, no puedo andar, no puedo reír, no puedo jugar, no llegaré a cumplir los 10 años porque casi no puedo respirar,…

Pero, sin embargo, hay un “sí” en mi vida:

Sí, moriré mientras sigo siendo invisible.

...casi no puedo respirar...

...casi no puedo respirar...

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Llueve. Mis botas están tan caladas que me cuesta avanzar en la espesura. Esta maldita mochila me hunde aun más en el barro. Mi fusil preparado, atento como mis sentidos para reaccionar ante cualquier indicio del enemigo. Para eso nos han entrenado durante dos semanas.

Veo a mis compañeros por todos lados. Eso me hace sentirme seguro.

Enciendo un cigarrillo con la esperanza de que no se moje si lo cubro con la oquedad de la palma de mi mano, pero es imposible, se ha empapado.

Recuerdo a Mary Jane y la echo de menos. Cuando vuelva, nos casaremos e iremos a vivir a la granja que nos dejó mi padre. Fue un gran hombre que se dejó la piel en el campo para que pudiera tener la oportunidad de estudiar que él no tuvo. Continuaré la carrera que tuve que interrumpir cuando me llamaron a filas, seré médico y ejerceré en mi ciudad natal, Lovington. Conservaré la granja y cultivaremos maíz como me enseñó mi padre y como yo enseñaré a mis hijos. Tendremos tres, y una mascota, un gato. Ella podrá sentarse en la mecedora con su pintauñas mientras yo lavo el coche y por la noche nos tumbarémos todos sobre el césped y observaremos las estrellas. Será una vida feliz.

También echo de menos a mis amigos: ir con ellos de pesca, ver los partidos en el bar del padre de Sammy, hacer barbacoas… Son buenos chicos y alguno me ha escrito alguna vez. Dan, mi vecino, un tipo con un gran sentido del humor, me mandó una foto de ellos junto al río con una gran carpa, todos sonriendo y disfrutando y en ella escribió “Intenta superarme cuando vuelvas”. Debió de ser un buen día.

Ha dejado de llover, intento encenderme otro cigarrillo, pero es imposible, mis cerillas se deshacen.

Veo a mis compañeros por todos lados...

Veo a mis compañeros por todos lados...

¿Qué estará haciendo Mary Jane? ¿Me echará de menos tanto como yo a ella? La primera vez que la vi tenía tan sólo 17 años. Estaba en el café Benton’s y la vi entrar con su cabello rubio, sus ojos azules, tímidos, y esa cara tan dulce, es preciosa y no puedo evitar el esbozar una sonrisa al recordar aquel momento… Tenía que hablar con ella, pero no sabía qué decirle, así que simplemente me levanté y me dirigí hacia ella… Estoy en el suelo… ¿por qué estoy en el suelo? Algo me ha golpeado el pecho. Oigo mucho ruido. Sigo en el suelo, bajo un árbol. Sangre. Me han disparado. No siento dolor. Veo caer a varios de mis amigos. Tengo frío. Cesan los disparos. De la maleza comienzan a aparecer soldados vietnamitas y empiezan a registrar los cuerpos de mis compañeros, ejecutando a los que aún no han muerto con sus bayonetas. Les roban lo que tienen de valor y el tabaco. Un cigarro…

Uno de los soldados se dirige hacia donde estoy. Me ha visto. Su non (*), me impide ver su cara… Cala la bayoneta parado a mis pies… Saco la foto de Mary Jane y la sujeto con fuerza contra mi pecho… Él está delante de mí, ahora puedo verle. Es un niño de unos quince años. No veo piedad en sus ojos… Mary Jane…

Me quita el tabaco del bolsillo… un cigarro… Mary Jane…

* Gorro tradicional vietnamita de paja con forma cónica.


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Nos sentamos todos a la mesa. Agradecemos a Dios nuestra comida leyendo un pasaje de la Biblia y comenzamos.

El primero en ser servido soy yo, luego mi mujer y por último mis hijos.

La disposición es siempre la misma: mi mujer en el extremo de la mesa mas cercano a la cocina y yo en el otro, de frente a la puerta. A mi derecha se sientan mis dos hijos: Mike de 10 años y Daniel de 6. A mi izquierda mis dos hijas, Mary Jane y Elizabeth de 7 y 3 años. Todos tienen el uniforme del colegio Saint John aun puesto.

Degusto la sopa que ha hecho mi mujer mientras hablo con Mike sobre béisbol. Daniel no demuestra demasiado interés por los deportes, sin embargo tiene una especial afición  por la lectura y por eso le dejamos leer el pasaje antes de comer en ocasiones.

Mary Jane es muy responsable. Está todo el día pegada a su madre aprendiendo las obligaciones propias de una mujer, y Elizabeth es aun muy pequeña, pero sus ojos son grandes, abiertos y curiosos con el mundo que le rodea. Mary Jane siempre está al cuidado de ella.

Tras el almuerzo me siento en mi sillón a fumar un cigarrillo, un Lucky Strike, antes de volver a trabajar. Mary Jane ha dejado sus pendientes en él así que la llamo y recrimino su falta de cuidado. Pondría la televisión, pero esta mañana Elizabeth rompió el cable jugando y por eso tendrá que rezar el doble de lo habitual esta noche. Hoy tengo que ir a ver a Mr. Burton, que regenta un restaurante al otro lado de la ciudad. Tras descansar durante un rato, mi mujer me pone la chaqueta y me da el paraguas, el abrigo y mi sombrero de fieltro.

Mis hijos en formación se despiden de mí y mi mujer me da un beso en la mejilla. Son las 16:30h, tardaré aun 45 minutos en llegar, así que conduzco mientras escucho a John Lee Hooker. Estos negros si hay alguna cosa que hacen bien, es música, a pesar de sus continuas perversiones, vicios y demás conductas poco católicas.

Las luces de Sunset Boulevard Avenue me indican que ya estoy cerca del restaurante. Su cartel en neón azul no destaca especialmente junto al del burdel de su izquierda que apesta a pecado.

Doy la vuelta a la manzana para entrar por la cocina y, de esa forma, no molestar a los clientes.

Mr. Burton está junto a las cámaras frigoríficas así que me acerco lo suficiente como para llamar su atención. Cuando me ve pone cara de extrañeza. Saco la Thompson de tambor de debajo de mi abrigo y abro fuego sembrando el caos entre el personal de cocina. Algunos caen heridos y otros muertos, entre ellos Mr. Burton.  Dejo de disparar y avanzo entre el olor a pólvora, sangre y especias. Desenfundo mi .38 y me aseguro de que mi misión quede cumplida.

Sobre el pecho de Mr. Burton dejo un pequeño crucifijo de plata.

Vuelvo tranquilamente a mi coche y me dirijo a casa. Espero llegar a tiempo para cenar. ¡Qué bien suena Etta James!

Aparco el coche en el garaje, guardo mis herramientas y entro en casa. Mi mujer me da un beso en la mejilla y me informa de que mis hijos han rezado sus oraciones antes de dormir, incluída Elizabeth. Me indica que me asee para comer. Paso por las habitaciones de mis pequeños y les doy un beso de buenas noches a cada uno. Luego me lavo las manos.

Leemos el pasaje antes de cenar y damos gracias al Señor por los alimentos. Nos sentamos. Ella junto a la cocina y yo de frente a la puerta…

"... entre pólvora, sangre y especias..."

"... entre pólvora, sangre y especias..."

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Tiempo para soñar con los ojos abiertos, para imaginar un mundo hecho a medida siguiendo los patrones de un sastre que cose trajes con hilos de paja.

Trajes asiméticos, tejidos con tela etérea y adornada con botones de plástico que se deshacen al calor de la realidad

Tiempo para todo lo que no podré hacer en esta vida...

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